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La pandemia casi olvidada de 1918


Por Raymundo Padilla Lozoya*

Olvidada en la memoria de la mayoría de las personas de este país, la epidemia de 1918, es aún, la peor mortandad del siglo XX asociada a un virus. Se ha estimado que en los Estados Unidos de Norte América causó la muerte de al menos 0.65 % de su población, Italia 1% y México entre 5 y 9 % (Kupperberg, 2008).
Los datos para documentar el número de fallecidos son muy imprecisos, por diversos factores. No había médicos en todo el país especializados en diagnosticar con precisión la epidemia. Ni laboratorios clínicos para hacer los estudios pertinentes. Y quienes hacían los reportes civiles de defunción eran jueces, médicos, asistentes y hasta los directores de panteón. Además, algunos médicos diagnosticaban con base en los dichos de los deudos, porque se negaban a entrar en contacto con el cadáver o con la habitación contaminada. Y en los pueblos rurales las cifras aún son más imprecisas, había quienes mejor enterraban los cuerpos en su propiedad para evitar el traslado y el contagio.
Sin embargo, las cifras disponibles dan cuenta de un escenario catastrófico. En el mundo había 1 mil 800 millones de humanos (Kupperberg, 2008). A nivel internacional estaba concluyendo la Primera Guerra Mundial y el desplazamiento de tropas americanas, europeas y africanas en el norte de Francia facilitó la dispersión (McNeill, 1976). En Rusia había Revolución, como en México, y la población más pobre y vulnerable era justamente la que estaba en los frentes de batalla y también eran los más expuestos. Por lo anterior se estiman entre 40 y 100 millones de muertos por influenza en el mundo, considerando las dificultades para llevar un registro preciso en esos escenarios de conflictos bélicos. Por lo anterior, no hay un dato preciso de fallecidos totales. Pero 100 millones representaría el 5% de la población mundial. La mayoría, fallecidos en unas cuantas semanas. Cuando las cifras de muertos incrementaron mucho, el Dr. Victor Vaugham, general de la armada estadounidense dijo, que si las cifras de mortalidad no disminuían, la humanidad desaparecería en una semanas (Kupperberg, 2008).
Fuente: Kupperberg, 2008.
 
La gráfica representa la estadística de muertos reportados desde los primeros días de octubre en Nueva York, Londres, París y Berlín entre 1918 y marzo de 1919. Son notables una ola por junio y julio, otra en octubre y sobre todo noviembre y la final en febrero y marzo de 1919.
A la dificultad del registro, también debe sumarse que otras enfermedades, o, co-infecciones, disfrazaron, durante meses, la epidemia de influenza, entre ellas mneumonía, bronquitis, bronconeumonía, gripe y pulmonía. Así, muchísimos fallecidos en México y el mundo, fueron registrados por fallecimientos como pulmonía, porque fue la enfermedad más evidente, pero esa pulmonía fue detonada por la influenza, entonces también denominada “Influenza Española” (Crosby, 1989).
En 1918 no se sabía que un virus causaba la enfermedad, y los médicos deducían que era una bacteria o un microbio. Por ello se enfrentaron a la influenza con medidas higiénicas, inadecuadas para contener su diseminación.
La sintomatología incluía dolores intensos de cabeza, cuerpo cortado y cansancio, temperaturas muy altas, tos severa, y se ha documentado ausencia de mucosidad nasal. En casos terminales, los pacientes podían vomitar sangre, porque los pulmones sufrían lesiones. Entre los sectores más vulnerables se encontraban los jóvenes entre 20 y 40 años. En ellos los órganos internos reaccionaban con mayor violencia ante el virus, causando inflamación y daños mortales. Una vez diagnosticado con influenza el paciente, se presentaban casos de fallecimientos en 24 horas y en otros podía ocurrir el deceso tras siete o nueve días de convalecencia.
“Fue común durante la pandemia una neumonía viral que causó sangrado en los pulmones, así como también sangrado de la nariz, ojos y oídos. Otros sufrieron sangrado debajo de la piel, lo que causó manchas negras que hicieron que muchos creyeran que la enfermedad era una plaga bubónica en lugar de la influenza” (Kupperberg, 2008).
En cada persona el virus actuaba distinto, dependiendo de su condición o susceptibilidad física. Bastaban unas gotitas de saliva, expulsadas por tos o estornudo para contagiar al receptor. Y una vez contagiado, el receptor ya podía contagiar a otros. Los síntomas de un contagiado podían aparecer un día después de haber sido contagiado. Pero podía contagiar, sin tener síntomas muy evidentes (Kupperberg, 2008). Se ha documentado que la epidemia inició en Kansas, EU, y el primer caso fue reportado en marzo de 1918, fue un cocinero del campo militar, que contagió a los demás. Ahí murieron 47 de los 237 contagiados.
Las dudas, la inmunidad subjetiva y la negligencia facilitaron los contagios. Por ejemplo, en Estados Unidos de Norteamérica y Europa, la población salió a las calles a celebrar el armisticio que ponía fin al conflicto bélico de la Primera Guerra Mundial.
Fuente: Kupperberg, 2008.
 
En la fotografía se nota la felicidad de la población celebrando la firma del fin de la Primera Guerra, el 11 de noviembre, sin precaución de contagiarse unos a otros la influenza.

En México, la celebración del Día de Muertos propició el incremento de contagios. En el caso de Colima, la Feria de Todos Santos, en 1918, inició el domingo 27 de octubre y terminó el domingo 10 de noviembre. Durante esos 15 días, la población acudió masivamente a las instalaciones ubicadas en el denominado Jardín Núñez, el espacio público más grande del centro de la ciudad. Y frente al mencionado jardín, se ubicaba el Hospital Civil y la cárcel. En los días posteriores a la feria, se presentó el mayor incremento en la mortalidad de los colimenses. 

La epidemia no distinguió clases sociales, indigentes, diputados, profesores y hasta los médicos padecieron el contagio y en muchos casos murieron. Uno de los personajes sobrevivientes, más notables, fue el doctor Miguel Galindo, director del Hospital Civil.
Fuente: Archivo Histórico del Estado de Colima.

 
La imagen muestra el oficio que recibió el gobernador de Colima Felipe Valle, el 13 de noviembre de 1918. El doctor Miguel Galindo le informa que el personal ha sido “atacado de influenza”, el administrador, los practicantes, seis enfermeras, la mayor parte de los enfermos, “así también como el que suscribe”. Debió ser muy estresante escribir un oficio donde prácticamente se estaba anunciando la inminente muerte de los reportados. Sin embargo, el doctor Miguel Galindo sobrevivió a la influenza y fue una figura política en el futuro.

Así como el doctor Galindo, miles de colimenses sobrevivieron a la peor epidemia del siglo XX. Y resulta muy lamentable que no exista un vestigio para honrar la memoria colectiva asociada a ese gran desastre que hizo evidente una condición vulnerable global ante la influenza. Sorprende además que en los atlas municipales de peligros, rara vez se menciona a esta epidemia, siendo una de las grandes omisiones técnicas de quienes los elaboran. A principios del próximo año será presentado el único libro que reúne estudios inéditos para identificar los impactos de la influenza en todo México y las respuestas diferenciales. De igual manera, el próximo año, aparecerá el libro Impactos de la Influenza Española en Colima, elaborado por el autor de este artículo.


* Periodista, historiador y antropólogo, especialista en riesgos y desastres, Universidad de Colima. Más publicaciones: https://ucol.academia.edu/Raypadillalozoya

Referencias:
Crosby, Alfred W. 1989 Amricas forgotten pandemic, the influenza of 1918, Cambridge University Press, Nueva York.
Kupperberg, Paul 2008 The influenza pandemic of 1918-1919, Chelsea House Publishers, Nueva York.
McNeill, William H. 1976 Plagues and peoples, Anchor Books, Nueva York.



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